“Cuando otra virtud no haya en mi, hay por lo menos la de la perpetua novedad de la sensación libre”. Fernando Pessoa.
A las autoras intelectuales de este crimen.
azul martini
Quiero integrarme en tus mares, como los barcos atrapados: celebrando los siglos nuevos con las corrientes nuevas, celebrando la tormenta de la fatalidad de su experiencia. Integrarme: en el mar de tus ojos, en el mar de tu aroma, en el mar de tu boca, en el mar de tu voz. Y nunca dejar de ser tus perfumes, tus paisajes, tus gritos, y tus besos. Viendo recorrer tus melodías: creándolas; creando los colores de tus fotografías: escuchándolas; escuchando tus alientos de rosa: explorándolos; explorando las puertas de tu silencio; navegando, esperando encontrar la tormenta de la fatalidad de mi experiencia.
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Ajustando la mirada en tus ojos verdes, en tu sonido azul y tus movimientos ondulantes: te veo aproximar. Al pasar a mi lado: tu aroma sustituye a la rosa, y tus pasos al sol, dejando tambaleándose a la imaginación. La imaginación se queda llorando y entregada a los golpes del invento maléfico del grito del perfilado al equilibrio. Tu respiración es comandada por la estrella que eliminas y por las cuerdas que te sujetan, a las olas del mar. Los astros ausentes ovacionan tus contornos explosivos al escucharlos iluminados por serpientes inmóviles. Y yo te escucho pasar, viendo hacia atrás, viendo rodar tus sueños detrás de los árboles.
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Inmerso en un mundo; lugar y tiempo. Policromía y contrastes: la vida. Tú, justificación latente plena de mi verdad. Te diluyes en la formula viva que funde sueños con diamantes. Tú, mi brújula hacia el velado horizonte, inyección del concepto que me forma en esencia. Tú, eje angular de mi sentir: sumas al hueco de mi mente tu ser y sustentadora inventas la energía. Tú, piedra filosofal. Haces percibir en todo, todo lo sol. Tú, viviendo en mi vida: Vivo.
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La luz que desprende aromas de nubes; se encuentra próxima al último plano. Y en contraste a mi entorno se presenta cada golpe del reloj más cerca. Al ser expulsado por gritos demoníacos: vuelvo mis ojos y me encuentro con los tuyos que miran fijamente el producto de su imagen. Tus hoyos negros se desplazan alegres, enlutando los movimientos presumidos de las sirenas azules y verdes; que se miran al espejo y esperan con sus redes matar el vuelo del pescador durmiente. Quiero volver al estruendo de tus ojos: vagar en ellos y encallar en tus pupilas, para naufragar y hundirme en tu boca, y seguir descendiendo hasta tu sexo.
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La monotonía que surge de vivir el suplante astral, de rendirse el Sol ante la noche; aborto de la Luna. sin ti… Sin tus pasos surgidos del revés de la música, sin tus pensamientos erigidos en murallas frutales; sin tus imágenes de eclipses; sin tus rumbos ni sendas con dirección retrasada… Te imagino y te recuerdo con todas tus presencias.
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Piensan los estúpidos que robando mil imágenes hurtan tus ojos; y se quedan finalmente con el aliento de sus pronósticos: soñando. Porque al percibir la soledad amarrada del final de toda batalla febril, regreso siempre languideciendo a los laberintos de tu voz y tu me esperas ávida de esperar tanto. Y quedan atrás tantas poesías incompletas, cuantas caricias arrebatadas al vino: infinitos quejidos de demonios cansados de escuchar el taconeo brutal de sus desplantes eróticos. Basta de ellas y basta de ti. Cuando escucho tus suspiros reposar indiferentes, anhelo sus miradas inventadas para la noche, que me hacen revirar en búsqueda de tu aliento.
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¿Como vencer a la muerte si no es muriendo ayer contigo? -Preguntó el enamorado.
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azul acústico
Cada sentido rompe con sus puertas, con sus colores e impulsos, con sus sabores y aromas, con su miedo y sus cantos. Abre la puerta y verás a las sirenas cantar. Abre la puerta y escucharás latigazos de perfumes enamorar. Abre la puerta y sentirás paisajes ondulantes reflexionar. Abre la puerta y aspirarás festines orgiásticos danzar. Abre la puerta y encontrarás otra puerta. Abres la puerta y la escena se repite. Al abrir la puerta se ve la puerta: que es la bóveda celeste ocultada por el reflejo del sol. Ahí se encuentra tu final y tu principio. Y la puerta siempre se encuentra abierta: de par en par; como dos páginas abiertas de un libro inexplorado: de par en par.
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El sol me abre los ojos, los sueños los cierra el sol. Prefiero vivir con la Luna, la Luna prefiere al sol. Los sueños los cierra el sol, prefiero vivir con la Luna. El sol me abre los ojos; la Luna prefiere al sol. Prefiero vivir con la Luna; la Luna prefiere al sol. Los sueños los cierra el sol: el sol me abre los ojos. La Luna prefiere al sol, el sol me abre los ojos. Prefiero vivir con la Luna, los sueños los cierra el sol.
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Deseo a todas las mujeres. Exijo la presencia de todas las estrellas, de todas las montañas con todos sus aromas: con la voz del mar. Quiero al abrir los ojos, contemplar todas las sinfonías, escuchar todos los placeres: con la mano del viento. Pero: Sólo tengo el agua de todos los océanos, toda el agua entre planetas, el agua que rodea las nubes y tus ojos. El agua entre la que navego dejando la realidad como estelas: como la ilusión deja ecos de olvido lejano.
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Dejaste tu corazón junto a la calle. Pasan los visitantes ignorándolo. Lo dejaste enterrado entre piedras rojas astillándolo y destinándolo a su eternidad. Vives con la muerte ficticia, con tu corazón ficticio; ocupado con ideas matemáticas y remendado con trozos de ramas de manzanos. Me crucé por tu camino y escuché tu corazón oculto, el que casi olvidas que existe; entre rocas rojas. Lo toqué y respondió con ataques eléctricos, con impulsos poéticos, con amaneceres abiertos por espadas púrpuras. Los corazones luchan: el primero se resiste a vivir, el otro se resiste a morir. El último espera conmigo en un lago rodeado por nubes esmeraldas que se desborda con mis lágrimas: Sin vino.
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Cuando la velocidad alcanza la sincronía de los latidos: surgen nubes rojas a la media noche, y te alcanzo en el jardín de la cita nunca programada. Llego montado en la abeja que domestiqué a medias, y después de preguntarme por tu presencia: el escenario se tornó circular. Los rayos chocan con las espinas de los tallos, y las bolsas de supermercado abandonadas contra el agua que arrastran los cantos del viento. Y a la mitad de semejante espectáculo surge una calabaza atada al centro de la tierra. Con su inmovilidad perfecta, sonríe con tres de sus dientes y pierde su mirada en el fondo del mar. El retorno de las miradas acuáticas; o quizá la aspersión de todas las flores contrasta tu esencia contra su rostro anaranjado al hacerla tu máscara tangible. Y te enciendes apagando las luces y brillando expones tus ojos: tus ojos azulados que lo dominan todo; esos ojos que provocan el silencio a cambio de relámpagos; tus ojos venenosos y protectores; esos ojos que ponen en pausa los filmes de acción.
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De los icebergs surgen sus labios, del viento su andar. Culpable de sus ojos es el mar, y de los incendios su amar. Sus labios nacieron para amar; andando al ritmo del mar. Con sus ojos incendian el mar; con su voz a los que se niegan a amar. Existen a tu lado rutinarias, y no lo puedes notar. Ellas escogen sus víctimas: y sus víctimas desfallecen a la fatalidad. Les presento a las mujeres salvajes y nunca te podrás escapar.
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azul urbano
Navegación profunda en ginebra. Revoloteando el triángulo señalado por la copa de un martini: seco, removido, no agitado. Llueven como bólidos recargados en autopistas invisibles, se confunden con los ojos de las águilas que las contemplan, y con las plumas de las palomas que cayeron al vacío. Negras o verdes. En el fondo del mar atestiguan con su suspensión natural y acuática; el paso de tiburones y de arpías exploradoras, bailando con los restos de coletazos inadvertidos. De vez en vez, florecen en la tierra para rodar auxiliadas por inclinaciones gravitadas, para desembocar en manos subyugadas. Piden romper contra la superficie desde sus semillas los lazos eléctricos de los internos fuegos: destellando llamaradas agrias. Es por todos sabido que los martes salen a jugar fútbol y los jueves se emborrachan. Esta es la historia fatal de las aceitunas: revolotear volar bailar rodar arder jugar y emborracharse. En un martini seco, removido, no agitado. Y el hueso se transforma lentamente en un rinoceronte protegido por su capa verde, golpeando con sus patas los ríos que se cruzan por sus ojos. Era una vez una pequeña aceituna negra. Su deseo trágico era ser verde, aunque ya podía volar, bailar, rodar, arder, jugar y emborracharse. Sin embargo, no podía cambiar de color. Lo intentó brincando de un martini de vodka a uno de ginebra; pero seguía siendo negra. Un buen día, paseando por una nube se preguntó: ¿Cual estrella tiene mi nombre? Acto seguido escaló velocidades, rompió leyes matemáticas y comprimió estallidos extensionados. Por fin llegó a la estrella de su nombre. Estaba grabada por una inscripción a lo largo de su ecuador que decía: “Soy la aceituna verde”. Sin embargo, la pequeña aceituna no era verde; seguía siendo azul.
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El cielo verde que oculta a las estrellas, las nubes rojas que ciegan al mar, las mujeres que cantan y no dejan soñar. Los bosques acariciados por el viento agradecido, los blancos del frío reflejadores de ilusiones, el regalo pacífico de las montañas. La melodía redentora de los ríos vivos, la música armónica de los viñedos, la fuerza espléndida de los edificios grises. Los atardeceres amaneciendo con los sueños, el vigía de la imaginación en vela, los impulsos del artista escuchados. Belleza: te odio. Cada vez que te siento me imagino tu ausencia.
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Te inventa el desplazamiento de cada cuadro: de películas jamás filmadas. Y repiten tu imposible existencia. ¿Cual será tu motor? ¡Le pregunto al espacio! -Como si te conociera.- Pero es preferible ir atado a tu paso, como el niño va atado al seno de la madre, en su primera aventura. Caminan tus manecillas, revolviéndose con la arena, dividiendo a la arena con el metal, pero rodeados de transparencias con final idéntico. Cuando se te ignora, desaparece tu progenie imaginaria, ocultándose en tres horizontes: como la ardilla escurridiza detrás del árbol. Entonces, sin pasado, sin presente y sin futuro; sin principios ni finales, sin segundos ni minutos; se detiene el reloj renunciando a su marcha cotidiana. Pero… ¿Que hacer con tanto espacio? ¿Acaso me sumerjo y me pierdo sin mi cronómetro? ¿Imaginándome entrecruzado por imágenes retrasadas? ¿Será posible romper con los temores de su ausencia? ¿Tirándome a la tragedia de dejar de ser su esclavo? -Porque la luz esclaviza igual que la mujer lujuriosa.- Caminar integrando el nacimiento a la muerte.
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Tan elásticos como una resortera que dispara meteoritos, conectan desde su espacio inacabado, alientos de distintas energías. Entre mundos paralelos, crearon el suyo sin reflejos; habitando en contracción y expandiéndose al ritmo del no nato; que espera bailando al Rey Lagarto y armando un rompecabezas. ¿Cual es tu energía? ¿Si no es eléctrica ni muda? ¿Si no sigue a la balada ni se detiene? Vuelan en un mismo plano y sin embargo saben dar vuelta de regreso, por ese vacío y dejando por huellas su contorno. ¿Cual es tu dimensión? ¿Si no es en aeroplano ni permanece? ¿Si no se rompe ni se desliza? Pero siempre navegando entre islas abandonadas, enjugándose los labios con sangre de las estrellas, señalando círculos en la disminución de las esferas, y cultivando almas anómalas con los restos de las plumas de sus alas; al caer al vació de la contradicción. Por eso no tienen sexo; ni figura más que la inventada, y se percatan de su género al verse regresar, sin quitar la vista al capricho de su seguimiento necio. ¡Les hablo a ustedes ángeles rutinarios! Que viven ensimismados en sus rutas espaciales ¡Rompan con los lazos de su movimiento exacto! Diviértanse, emborráchense, forniquen… no mueran de tedio por siempre.
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Hoy la vi: lejos, en un lugar tan cotidiano, como la cama en que desapareces. Perdiendo su originalidad obtusa, desgastando su oscuridad asida. La vi en una gasolinera. Vestía de rojo, creo. Me estremeció tanto como tu ausencia. Se cruzo entre la nada y su nadir frente a mi. Vestía de negro creo, la muy festiva. De rostro inexpugnable obligando a la imaginación: que aterrada se arrepentiría al no cegarse. De nariz corva, ojos profundos, pómulos salidos. Cual película de James Bond. La rosa muere en su presencia.
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Rómpete y esparce tus rayos escondidos, expulsa tus entrañas malditas, ilumina el hemisferio oculto, y báñame con tu sangre. Tránsfuga de inocentes gritos: devoradora de lobos y corderos, te imploro y te desprecio, al final. Antiestética es tu costumbre: matas al fiel inspirado y lo destinas al tiempo. Recipiente de emociones fuertes. Ayer te moriste como todos, y no lo entiendes. Sigues ahí expectante, con el odioso tiempo. ¿Por que has de pasar? El niño mata a su perro. El perro mata a su niño. ¿Y sigues ahí?
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Búsqueda frenética, búsqueda de ser. Búsqueda de abrazos, búsqueda del tiempo. Búsqueda inútil; por ser búsqueda. El ritmo de las campanas señala el ritmo de tu búsqueda. ¿Que buscas si no es un caracol? ¿Que buscas si no lo encuentras? Para enviar mensajes de auxilio a dimensiones: buscadas por sus moradores antiguos. ¿Porque no dejas de buscar? ¿De buscar lo que tienes que buscar? Mejor quédate sin respuestas.
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El oro de mi pluma, lo borroso de su señal, se lleva y se va. No lo entienden. Sólo tú, imagen abstracta, del pasado y del futuro. Mi embriagues nocturna: enaltecida y fenece. Reviviendo al día siguiente: solo y sin luna, el día que se terminó ayer.
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Carreteras que ven a los calendarios pasar que se imaginan obligadas más árboles que desechos. Observan a las bailarinas cantar a los poetas. Escuchan los versos de los poetas de respuesta. Carreteras de martinis, con exceso de velocidad.
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azul intenso
Me quiero morir. Quizá mañana sea demasiado tarde: cuando me encuentre atado a la dulzura maldita de la cotidianeidad. Mi ficción es el bosque: ahí miento para estar conmigo, revuelto y tan perdido; como la estrella que escapó de su pastor a dimensiones perversas. Siento cadenas de mujeres entrelazadas por su sexo, rodeando a la flor lacerante y perpetua: verde y roja, ruda y fiel. Veo dentro de tu inmensidad sin contornos, te veo y sin distinguirte, se cual eres, o se que estás por ahí: entre nebulosas cósmicas y vacíos equalizados inmóvil te retuerces en todos tus azules.
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Ayer te platicaba sentados en aquel café, rodeados de fantasmas amarillos de frutas inmensas, de piedras y de ventanas. Te dije que cerraras la ventana, que no quería que te escaparas: perdiéndote y confundiéndote con tu origen estelar. Pero te invité y tomaste mi mano entregándote cual ramera: indiferente. Sin embargo, y solamente tu lo sabes, ¿o sabrás? que soy tu peor cliente, y que de aquí te vas al infierno o a la gloria; si es que la gloria no se encuentra en el fuego Toma entonces tu boleto sin retorno: escucha al pincel virtual; porque los colores es lo único que permites en mis retornos, ¿o contornos? ¿o retoños? O excavando y creando profundidades invisibles, me encuentro con la inmovilidad atrofiada del caminar del anciano: cansado y muerto; de cuyas arrugas explotan volcanes asesinos. ¿Pero, que no sabes quien soy? ¿O tus padres te dejan salir con desconocidos? Mal harían en no advertirte de mis pecados. Pero te conozco aventurera, te conozco porque no te importa dejar tus ilusiones en estas líneas. “Bienvenida tu alma al intenso azul escogido por tu muerte”. Y verás que la víctima se convierte en tu asesina. Porque sin frío, te encuentro; sin olor, te veo; sin ruido, te entiendo; sin color, te escucho: Y te escucho amarilla. Y te veo como una rosa.
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Lentamente y sin querer, siempre has estado ahí. Entre nubes inventadas me aproximo sin llegar. Levanto los ojos y me encuentro con tu mirada tramposa. El velo que no te veo, el caballo rojo relampagueante, el reloj que te mueve y te lleva a desiertos; donde tu color se desengaña con sus enemigos. Tu mirada, tu mirada tránsfuga: tulipán en láser con final y principio paralelo. Y te sigo a través del espejo, siempre y cuando te llames Alicia. Porque si te llamas Teresa, te mando al infierno. Porque si te llamas Claudia, te vas huyendo con el fuego. Porque si te llamas Ana, te veo en una fotografía de negro. Porque si te llamas Berta, te acompaño al hotel. Porque si te llamas Isabel, te invito a cantar con la muerte. Porque si te llamas Paulina, vamos a bailar de día. Porque si te llamas Marcela, yo soy un vampiro. Porque si te llamas Juliana, búscame otro día. Porque si te llamas Mónica, acércate a mi boca y escucha mis recuerdos. Porque si te llamas Patricia, lloras tú lujuria en mi regazo. Porque si te llamas Alejandra, corriges tus poemas. Porque si te llamas Elena, también te puedes llamar Alicia. Y te sigo al espejo y la historia la conoces… Pero hoy el día amaneció de noche y anocheció de día. No te espero; te encuentro. Infalible te presentas acompañada por escoltas celestiales. Surges de mi búsqueda como un manantial oculto. Sacias mi sed y rompes las esferas del árbol inmóvil.
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El desierto vertical se presenta: amarillo y verde. No se si voy hacia ti o viceversa: a velocidad distorsionante, y al ritmo de las olas: Olas grandes, olas chicas; olas verdes, olas moradas; olas ámbar, olas del mar; olas rojas, olas negras; olas del río, olas temblorosas; olas del norte, olas del sur: todas son olas, de Venus o de París. Pero siempre de tu boca: sulfurosa. De tus ojos perdidos en los huecos del horizonte trastocado. Que se extienden como garras de la fiera arrancando corazones verdes y cadenas frías. Retumbando en tus cabellos como olas: los gritos de inocentes víctimas.
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De noche por noche, sanguíneas y núbiles excitadas: salen las abejas de sus madrigueras atacando al transeúnte hechizado, y durmiéndolo en la carroza de su muerte. Entonces el actor despierta frente al teatro que vimos pasar algún día. Observa su fachada transparente. Y se ve morir en el escenario rosa. La azul, la verde y la naranja desfilan por el borde de los pinos. Perdiéndose sobre la vereda sin encrucijadas. Piedras, locura, amor y tristeza. El caracol va montado en su caballo asesinándolo con espuelas de tu color: plata o sol. Prefiero a la luna que te come en los aires con un suspiro: eléctrica, muda, azul, ciega. Rocosa su estampa, pero fiel a la muerte. Inseparable de tu amarillo. Emerges sanguínea y se abre la puerta.
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Soy el salvaje colgado del faro, que renunció al soma de la costumbre, que pereció al abrir los ojos. El sonido siembra al rayo: tenue, múltiples. Anochece sin negros. Amanece sin azules, retumban las guerras y te rodean los ángeles amarillos. Se acercan más los rayos de tus cabellos blancos; impactándose contra nuestros rostros compartidos. Y los elefantes pasan. Con tu vestido transparente y la oscuridad selvática; caminas haciendo atardecer en tus pies, al levantar tolvaneras doradas con tu aroma. Estrellas grandes y pequeñas atacan su soledad: brillando. El viento toca mi boca y aerodinámico se expulsa a las estrellas grandes, catalizándolas en caídas tardías. Cada vez más rápido rodeamos con tu mirada la bóveda tachonada de joyas; encontrando una botella sin genio con deseos y con una cobija fría. Y el cielo es verde: tapizado por loros verdes, cantando verde, y viéndote verde. Guía turística de lugares memorizados: te persigo y te dejo. Me miras atravesando mis ojos y me contestas: “Soy la torre de control, escúchame”. Tus palabras revientan las arenas: emergen fragmentos en gritos de angustia; pero sólo contigo estoy solo: tan solo como el águila satelital que conecta corazones. Horizontes matemáticos atrapan la velocidad reduciendo tu entorno. ¿Rojo, azul o negro? “Aunque pienso diario en las estrellas todavía no las conozco”. “El velo de los amaneceres tránsfugas las indeterminan en gris”. Doy tres pasos y me dejé de aproximar. Rojo como el vino y ciclónico como los espacios blancos atrás de tus ojos: me encuentro perdido. Te adelantas y me convulsiono, orbitando en el rugir de los relámpagos secos. Aparece el gato que perdí hace tres días con el aerolito que te regalé: vestido con la corbata rociada por tu sexo. “Mejor dejo de aparecer liebres libres y avestruces eléctricas”.
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Escucho palabras desestructuradas en coherencias: sin libertad y sin amor, sin uvas y sin manzanas, sin pozos sin finales. “Cuando un avión pasa ebrio, opaca la profundidad del mar”. Un antro fantástico se levanta en el desierto: en la entrada sostiene una copa de vino, en la salida un extinguido cometa; donde descansan los niños de tanto jugar. Atrapé de nuevo a la estrella fugaz: el gigante la contuvo en su travesía galáctica; iluminada y sostenida por su aroma boscoso, a velocidades reinventadas. Las montañas se conmovieron, los viñedos se convirtieron en su feliz destino; aledaños a la negra obscuridad de los destellos eufóricos. La tomó con su mano poderosa, introspectiva y futura. Le preguntó el gigante: ¿A donde vas a ir hoy? “A ver como crecen los árboles”. Entonces la beso por su energía latente en la luz bicolora. Desde entonces al abrir palabras creas la energía, rompes montañas y edificios; destinándolos a la atmósfera, dominas las superficies infinitas con tu tacto y apareces delfines nadando entre planetas. Me dijiste: ¿Quieres dominar tu mundo? “Con magia”. Acompañándote con mi transporte, te lo permito sin dolor y sin colores, sin rosas y sin temblores, sin tiempo y sin finales, sin diarios y sin carteles luminosos. Quitas tu mirada y pasan ejércitos de duendes humillados, con sed y cansancio, pregonando tu muerte. Surge el mar del desierto con la parsimonia del tiempo. Rompiste en llanto: de tu lágrima primera surgió un huracán inmóvil señalando la luna y su sombra; de tu lagrima segunda surgió una hechicera que se acerco señalándome con su índice. Ya ajena te conozco: te vi en una gasolinera; y te sentí suculenta, pero no te quedes atrás. El ciclón cae de balance y señala al horizonte: tragándome con mi entorno.
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No hay viento, no hay agua, no hay tierra ni fuego, no hay aromas ni colores, no hay sonidos ni sabores. Solo velocidad con todas las noches por compañía y las esperanzas vanas de despertares marítimos, retando su presencia, y escupiendo tus recuerdos sobre los ojos de la amada. Un trozo de madera inscrito con tu nombre: se consume con las estrellas de espectadoras, a luz verde, y perdiéndose por la vereda de tu locura agreste; invitando al humo que te persigue intacto… Primero fuiste una aprendiz de bruja: luego la hechicera. ¿Que será después? ¿Serás tú mi compañera adherida? ¿O serás un hada madrina? Los animales pastando en campos ininterrumpidos ignoran la atmósfera integrándose en su instante. Vivimos en las ondas del sonido: en otros tiempos, y en otros colores. “La que lo provoca va a ser escrita”. Entra sin puerta acompañándome. Te invito a ver tus imágenes transportadas por un cometa azul, a través de las estrellas de tus ojos. Eres tan constante y habituada como el vendedor solitario: cuyas extremidades son compuestas por carreteras transparentes. Sube a tu carroza resguardada por mariposas urbanas color estrella dominante; y bebe el café que oriné ayer, como la amante encendida en su catedral. La fuerza de los astros por retornar a la unidad, la fuerza de los océanos por ocultar las montañas, la fuerza del espacio atormentado, la fuerza de su estremecimiento coloquial. ¿Vale la muerte por su ausencia? ¿O vale la vida por tenerte? Tu, que solo querías: cuando lo eres lo sabes; y como sabedora de finales mezclados con cemento lunar, te quedas sin puertas al transformarlas en murallas inexpugnables. Cuando nos tiramos al amor, recuerda: los relojes se succionan por sus cuerdas y las manecillas se detienen cediendo el paso a gritos de dolor. Te doy el mundo con sus continentes y su descontenido; con todas sus mujeres y todo su pavimento. Mira a un metro del horizonte roto por montañas perfectas: con tu primer plano en último. Ahí te encuentro desde mi espejo. iluminando lluvias enceguecedoras al perseguir la dulce melodía. A lo lejos se ve una sinfonía que se acerca haciendo honores: fabricando notas en picada como rayos sin agua y con impacto programado. Escuchando las luces de la ciudad dormida donde se camina sobre automóviles: ves las imágenes que transporta el viento. “Mujer, para ti un año es un milenio, y estamos frente al último”. Un viaducto gigante se integra al árbol en reposo, fluye tu sangre vigilada por el sol, y tus lágrimas por las estrellas. Los niños de negro atraviesan el río invulnerables a sus olas y a sus piedras, para encontrar el zumbido de insectos anaranjados. “Uso corbatas aportadas a paisajes paralelos”. Tiembla la tierra y a nuestro paso se nos ofrecen cuevas zigzagueantes, tomando huracanes fraccionados: en recipientes moldeados por una huella de elefante. Nos vamos con el nuevo siglo: abandonando al mundo en su cronómetro; atrás de las nubes. A diario busco a una estrella entre planetas: navegadora en smog y capitana de galaxias. “Sólo si te escucho entre la electricidad de la desesperanza, juego dominó”. Entonces te veo y terminamos en tu isla: rodando por autopistas resucitadas. Son pocos los signos flotando entre tormentas repetidas, magnetizando monedas de cobre, rodeados por Lazaros plásticos: hechizados por su inmortalidad. Las llaves de la casa en ruinas verdes se encuentran perdidas entre libros y acuarelas, reventando sus contornos para provocar su búsqueda. Estallas eléctrica y me pierdo en tu aliento selvático: como jet en picada escuchando el horror de los inadvertidos. Los teléfonos no paran de sonar, con pincelazos de palabras a medias; luchando por su espacio entre la multitud, con el fondo de la ignorancia de los mismos y demarcados por sus sombras. Guerras salvajes entre hermanos tienen por eco los árboles: contando sus anillos por sangre y alimentándose por campanas mudas. Con todos tus ayeres rosa tus labios en las ranas; dispersa su estanque con bordes luminosos alegrados por las rondas de luciérnagas.
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En una fiesta imbuida en desenfreno: vuelan las máscaras de tu disfraz ardiente, se atraviesa una ola del mar, seguida de peces saltando al vacío; se riegan aromas de rosas distinguibles, perseguidos por olfatos inquietos. De los sombreros aparecen cigarrillos fulminados contra el piso y congelándose frente a un iceberg. Quiero tomarte una fotografía para ser revelada en estiércol: para que resurjan tus colores vivos y tu voz encandiladora. Inmerso en la pecera astronáutica y rodeado por sirenas coquetas: los restos de un árbol se encuentran suspendidos por alambres asemejados al hogar de la araña, junto con rosas negras reflejadas por su tallo. Los alambres cortan el viento como látigos de castigo, los callejones susurran putrefacción al guardar en sus rincones: camas hediondas y pecadoras con memoria de plata.
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“La poesía se recita de pié y sus gritos los escuchan los mapaches”. La puta luna resurgió morada, morada como los que tienen techo, techándote con palabras rosas, escupiendo sus acentos. Se masturbaba la luna con los diamantes del sol; se entregaba a nubes polares escandalizando al mar; radical es el mar, radial es la luna. El hombre-árbol aparece en los periódicos junto a matanzas y embarazos crónicos, junto al viejo pescador que observa a la mar atardeciendo al expulsar el humo de su pipa. “La justa Justina justea su Justicia”. A cuadra y media doblando en el semáforo se encuentra el club literario. ¿Alguna duda? “Escribes en idioma prohibido”. “Escribes con colores acústicos”. “Escribes con extensiones mecánicas”. “Escribes con truenos expandidos”. “Escribes con pasteles de mil pisos”. “Escribes en perfumes baratos”.
*
Te invito a que rompas el diario sin esfuerzo, como la corriente del río: oculto por montañas, que desemboca al mar de frente. Ya dentro del mar de frente solo tienes una oportunidad… Si viro del otro lado mejor es. O cuando. Te veo en el día de campo; sigo el camino de plata. Consecutiva sin seguir al espacio: con tu música tenue. Te hago el amor detrás de una palmera: ebrio de tu aroma. Soy absurdo y ordinario, de nacimiento y de muerte. Debí haber nacido en la psicodelia en medio de la revolución sexual con la proliferación de estaño. Porque. ¡Habla! No se quien soy. Como un ciego adentro de un árbol: buscando.